Unos años antes del primer centenario patrio, en pleno clima de conflictividad social, el Estado se propone legitimar y promover artistas para fundar las bases del arte nacional. Sobre este terreno de transformación y cosmopolitismo, en donde la identidad se presupone como algo a moldear desde todos los frentes, un escultor porteño, que nunca viajó a Europa, que descree de las emociones impresionistas y trabaja a contrapelo de las inminentes vanguardias, busca financiamiento para un proyecto monumental e imposible: erigir estatuas gigantes de próceres nacionales por todo el país, con motivo de ensalzar un pasado legendario y fijar así una memoria común. Esta obra es su diario íntimo, el mapa errante de su búsqueda y el manifiesto afiebrado de su lucha por la forma.

La obra pública de Nacho Bartolone y Juan Laxagueborde

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Unos años antes del primer centenario patrio, en pleno clima de conflictividad social, el Estado se propone legitimar y promover artistas para fundar las bases del arte nacional. Sobre este terreno de transformación y cosmopolitismo, en donde la identidad se presupone como algo a moldear desde todos los frentes, un escultor porteño, que nunca viajó a Europa, que descree de las emociones impresionistas y trabaja a contrapelo de las inminentes vanguardias, busca financiamiento para un proyecto monumental e imposible: erigir estatuas gigantes de próceres nacionales por todo el país, con motivo de ensalzar un pasado legendario y fijar así una memoria común. Esta obra es su diario íntimo, el mapa errante de su búsqueda y el manifiesto afiebrado de su lucha por la forma.

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